FICCIÓNMiscelánea

Una vida plena

26 diciembre, 2018 — 0

main

FICCIÓNMiscelánea

Una vida plena

26 diciembre, 2018 — 0

1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (8 votos, promedio: 4,75 de 5)

«La vida es lo suficientemente larga como para esperar algo bueno todavía; no puedo seguir así, dejando escapar el tiempo», pensaba Ruth, y poniendo los ojos en blanco buceó en su memoria buscando algún recuerdo nítido al que aferrarse. «Una vida plena», eso era, podía sentirse afortunada… «Pero ¿qué diantres sería eso?». Parecía una anciana pensando de esa forma; no era algo apropiado para alguien tan joven y fuerte como ella; sí, fuerte, como lo fue él hasta el último momento. «Bah, tonterías».

Permaneció recostada en la misma postura hasta que la espalda comenzó a dolerle; algo no iba bien. «Qué asco de sofá», dijo entre dientes, y abrazó uno de los cojines. Un dolor agudo e inesperado la asaltó de pronto; de un manotazo apartó el mando a distancia que se le clavaba en un costado. «Algo no va nada bien». Resoplando, fijó su atención en las imágenes de la pantalla. «Me estoy quedando sorda, lo que me faltaba», masculló. Con las cejas a punto de llegarle al cogote, presionó la tecla “mute”, y la voz grave del presentador retumbó de nuevo por los altavoces.

«Uff…».

El ruido de la lavadora había dejado de escucharse; debía darse prisa si no quería que la ropa se arrugase demasiado. La sangre, que borboteaba desde sus piernas entumecidas, le golpeó con efervescencia el cerebro nublando su vista; como pudo, se apoyó en la pared para no caer desmayada. ¿Quién acudiría en su auxilio si eso ocurriera? Los gatos hambrientos acabarían mordiéndole la cara. «Qué espanto», pensó, e hizo un esfuerzo por olvidar aquello.

Últimamente se recreaba en su infancia; apenas podía recordar casi nada de su niñez; debía de haber sido una muchachita muy risueña, o eso aparentaba en las fotografías del viejo álbum de mamá. A partir de su graduación todo había girado en torno a él. «¿En qué demonios consistía mi vida antes de conocerle?». Se avergonzó de haber preguntado eso. La espalda volvía a dolerle. Era una mujer valiente, siempre habían dicho eso de ella; necesitaba volver a salir, hacer planes… «¿Sally seguirá teniendo el mismo número?».

A tientas, caminó por el pasillo hasta chocar con el primer peldaño de la larga escalera que conducía a la segunda planta; maldijo, y dio la luz. Continuó subiendo hasta llegar a la buhardilla. La iluminación artificial se desparramaba en aquel cuartucho como una fina capa de musgo verdoso sobre los montones de cajas de cartón apiladas. Ruth se encogió de frío, y caminó por la habitación mirando de soslayo las manchas de humedad del techo. «Esto no es bueno para mis dolores; cualquier día mando todo al carajo y me vuelvo con mamá».

La buhardilla estaba llena de estrambóticos artilugios pertenecientes al antiguo propietario. No sabían nada de aquel hombre. Sólo un par de datos que les dieron al comprar la casa. Debió de ser un tipo extraño, con cierto nombre, que se dedicaba a dar espectáculos de ilusionismo allá donde le llamasen.

─Dicen qu’el cadáver d’ese viejo huraño continúa pudriéndose en el caserón —les había dicho el agente de la inmobiliaria con una sonrisilla estúpida en la cara.

Pronto sus ojos se posaron en lo que parecía un bonito joyero de madera; «un lápiz…», sin poder ocultar su decepción leyó la nota que lo acompañaba: “Usar con moderación”.

«¡Dios santo, la ropa!», exclamó, y dando la vuelta al papelito escribió: «Tender la ropa». Así no volvería a olvidarse (ya no podía volver a confiar en su mala memoria). Al llegar a la cocina observó que toda la colada estaba perfectamente colocada, pinzas incluidas, y, sorprendida, intentó hacer un repaso mental de lo sucedido.

«Un maldito lápiz… menudo descubrimiento». Sintió el rugoso tacto veteado entre sus dedos. Aburrida, deslizó el grafito sobre la nota: “Usar con moderación, y un cuerno”, añadió junto a la enigmática caligrafía, y se tronchó de risa con la ocurrencia. «Y UN CUERNO». Tan pronto como leyó aquellas palabras, un cuerno de ternero cayó pesadamente sobre la mesa.

«Está clarísimo… he perdido el juicio».

 «Magdalenas», garabateó sobre el papel, y, como salido de la nada, un plato con deliciosas magdalenas se materializó al instante. La sangre le latía con violencia en el pecho. Casi por inercia escribió el nombre de él.

No ocurrió nada a continuación.

«Ni siquiera un milagro lo traerá de vuelta». Secando el papel humedecido por las lágrimas, anotó algo más; y sonriendo tímidamente, fijó su vista en la gomita rosada del lápiz que, tras unos instantes suspendido en el aire, cayó al suelo con un característico tamborileo.

«Una vida plena…», fueron las últimas palabras que se escucharon en la casa en mucho tiempo.

R

Deja un comentario, nos encantará responderte

Tu email no será publicado. Los campos obligatorios están señalados*