FICCIÓNMiscelánea

Entreabierta

11 enero, 2019 — 0

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FICCIÓNMiscelánea

Entreabierta

11 enero, 2019 — 0

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Decidí evitar la puerta principal y rodeé el edificio. No me costó demasiado encontrar la entrada posterior. Olía a tabaco y decenas de colillas ensuciaban el suelo. Opté por las escaleras, descartando el ascensor. Accedí a la cuarta planta y recorrí despacio el pasillo de baldosas moteadas siguiendo, como siempre, mi instinto. Alguien gritó desde una de las habitaciones sin incorporarse de la cama.

—¿Podrían cerrar la puerta?

Desde el exterior, una mano se acercó al pomo y la arrastró consigo en lenta procesión; y yo ya estaba dentro. El silencio, disperso en el aire, gobernó durante unos momentos hasta que los sonidos del otro lado se volvieron a escuchar, más distantes, amortiguados por la madera. Allí había dos cuerpos; uno dormía tranquilo en posición fetal. El otro se acomodaba como podía e intentaba que el catéter permaneciese en su sitio mientras ahuecaba la almohada y buscaba la mejor postura. Lo observé con detenimiento cuando comencé a avanzar hacia él. Me recordó a un conejillo atrapado en su madriguera revolviéndose con inquietud.

La puerta se abrió de improviso y una persona accedió a la habitación dirigiéndose hacia nosotros como un autómata. Su aspecto era similar al de un mimo vestido con un uniforme plagado de prescripciones médicas. No te conozco, escuché que susurraba el encamado. Le preguntó si era nuevo. Afirmó este con un escueto movimiento de cabeza. Yo tampoco conocía a ninguno de ellos. Pero, ¿qué más daba uno que otro? No tenía ninguna importancia; yo soy el mayor oportunista y la puerta entreabierta me había invitado a pasar.

Detuve mi aproximación y esperé enroscado debajo de una de las camas como un animal que aguarda paciente por la comida. Y esa breve espera solo contribuyó a aumentar el deseo de alcanzar mi propósito. El enfermero repuso la medicación del gotero y salió sin despedirse impulsado por su instinto de sanación matutina.

Faltaban unos minutos para que le trajeran el desayuno. Se tomaría aquella insípida bazofia y la tragaría sin rechistar, al igual que la candorosa cría engulle la pitanza cuando es alimentada por su exigente madre. Las sirenas de las ambulancias se colaron por las rendijas de la ventana; en ese instante, ascendí por sus piernas y me acomodé al calor de su humanidad. Examiné su cara hinchada, su gesto bobalicón de hombre desahuciado. Sin duda, él hubiese preferido unos huevos fritos con patatas y una buena salchicha: una bien gorda y grasienta que colmase las expectativas del pecado capital. Pero ahora, ironías de la vida, era yo, y solo yo, quien ya se alojaba dentro de su boca.

Suspiró cansado y, aprovechando esos segundos, embestí sin remordimientos el cuerpo debilitado, deslizándome por sus recovecos y absorbiendo toda su sustancia con increíble placer. Al momento, un hondo y ahogado quejido precedió a la primera convulsión. El aliento entrecortado, las escleróticas inundando los ojos, las comisuras babeantes y las piernas agitadas confirmaban el desenlace. Con los pies fuera del colchón, las manos, ¡ay!, las manos temblorosas tanteaban por la superficie de la cama y buscaban, sin acierto, el extraviado botón del timbre de llamada.

Escuché un grito procedente de la cama contigua.

Volví a acometer con mayor intensidad y me nutrí de sus temores, engullí la desesperanza y me zampé su fragilidad: la enfermedad me enardecía. Absorbí la vida que quedaba latente en sus arterias y relamí entre sus órganos.

Dos, tres, cuatro, cinco convulsiones. Más gritos. Gente corriendo por los pasillos. Murmullos y cabezas que asomaban su curiosidad tras el alboroto inicial.

Al fin olía a hogar. Mordí sus últimos pensamientos.

M.

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