FICCIÓNMiscelánea

El toro, el pastorcillo y el Espíritu de la Navidad

11 enero, 2019 — 0

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FICCIÓNMiscelánea

El toro, el pastorcillo y el Espíritu de la Navidad

11 enero, 2019 — 0

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Los juegos de los muchachos, en la piscina de bolas, llegaban a sus oídos como el reverberar suave y aglomerado de una tromba de diminutos granos de arroz atravesando un palo de lluvia. En el aseo de caballeros, entretenido en apuntar a la pastilla desinfectante, Bongo observó con disimulo al hombre que ocupaba el retrete contiguo en la pared; los camareros de La Trattoria vestían un polo rojo con la mascota del toro blanco de ojos en forma de pepperoni bordado a la espalda. Nunca antes había estado allí, pero le resultaba conocido por el anuncio de TV: «¡Ahora en Navidad, más pizza por muuu-cho menos!».

—Vas a orinarte encima, granuja. Ponle atención al pajarito —bromeó éste al advertir la mirada, y siguió una risa postiza—. ¿Lo estáis pasando bien?

El niño sintió enrojecer las mejillas. Se balanceó sobre la punta de las botas del traje de pastorcillo e hizo un chasquido con la lengua.

—No está mal.

—Apuesto —continuó el empleado, elevando la voz por encima del secador de manos— que sois d’esos grupos de la iglesia que piden el aguinaldo. Se te ve en las pintas; apuesto que eres uno d’esos chicos. Dime, ¿de dónde habéis salido?

—Coro mixto del colegio Sagrado Corazón de Jesús, señor —contestó de carrerilla; la vista fija sobre el disco azul en el desagüe.

—Vaya, eso suena estupendo. —Alcanzó la fregona apoyada en la pared—. He’s making a list… And checking it twice… —había acercado el mango a los labios y canturreaba junto a la empuñadura. Le guiñó el ojo— Gonna find out who’s naughty and nice… —marcaba el compás con el pie y acompañaba la melodía con un movimiento rítmico de cabeza. Entonó el último verso, solemne y sincopado al final—: Santa Claus is coming to town!

Bongo le miraba con una media sonrisa.

—¿Sabes quién canta así, hijo?

—No, señor.

—El jefe. Bruce Springsteen. ¿Qué os enseñan en el colegio?… Deberíais incluirla en el repertorio, a todo el mundo le gusta esa canción.

Lo meditó unos segundos.

—Eso está hecho, señor —dijo después.

El empleado parecía satisfecho.

—Espero verte ahí fuera, amigo. Vamos a servir nuestra especial  —acabaron la frase a dúo, como los cómicos del spot publicitario—… ¡con muuu-cho queso!

La pastilla vibró en la rejilla, tras cerrarse la puerta. Bongo suspiró; era de esas personas a las que la vejiga pide intimidad.

Se ajustó la gorrilla sobre la frente, de modo que el cabello crespo del flequillo quedase oculto bajo la franela. Dio un paso adelante, sin dejar de observar su reflejo de perfil. A todas luces, el traje le quedaba pequeño. La tela de atrás del chaleco se le despegaba del cuerpo, como un tipi, concluyó Bongo, dándole un aspecto bastante ridículo. «No me entra. Me vuelvo a dormir», le había dicho a su mamá cuando se lo probó en la mañana. El disfraz de pastorcito apestaba a bolas de naftalina, que lo protegían de las polillas año tras año.

«Estás hermoso, cielín —un momento,  Pura—… ¡Termina de vestirte, he dicho que irás con el primo!». Aquella frase cayó como una sentencia para Bongo. La mamá llevaba varias horas pegada al teléfono, cotorreando con la tía Purificación. Se las habían arreglado para que acompañase al mocoso. Y no sirvió ninguna excusa. Poco importó que el traje apenas le valiese; muy en contra de su voz cambiante y los doce años de edad que le convertían, según decía él, en un hombretón. Aun cuando aseguró, al borde de la rabieta, que el coro del colegio era para niños pequeños y chicos con problemas. Nada de aquello logró convencer a mamá, la única madre en el mundo a la que no parecía preocuparle la reputación de su hijo. Ella, que le había dado la vida, ahora se la negaba condenándolo al título de pringado de la clase.

De nuevo, practicó la cojera frente al espejo de la pizzería donde iban a almorzar, sin atreverse todavía a salir. La suya era una cojera de comediante de cuarta. Se la había visto hacer el primer año al hermano mayor de los gemelos Dingo y Ringo, un granuja recién alistado en el ejército. Desde entonces la repetía cada veinticuatro de diciembre, día de aguinaldos y víspera de Navidad, con excelentes beneficios y aceptación entre residencias y clubs del veterano. Encorvado como se veía, el traje se estiraba y, a su juicio, le sentaba algo mejor.

Carcajadas, voces de niños y adultos, juegos, ruido, mucho ruido. En el comedor el ambiente era fantástico. Se respiraba Navidad y olor a pizza. El logotipo del toro de La Trattoria, con un flamante gorro de Papá Noel, sonreía desde los carteles e impresiones.  Había adornos por todas partes, un gran abeto central, y en el equipo de audio, sonando a medio volumen, alegres villancicos.

Bongo deambulaba entre las mesas dispuestas para comer, sintiéndose un recorte en aquella postal navideña. Llevaba una pandereta a la que arreaba un manotazo de vez en cuando, a fin de mimetizarse con los demás. ¡Tss! ¡Tss! ¡Tss!, sonaba entre sus manos, trágica, como al final de una mala broma. Todos sus amigos habían acordado desertar ese diciembre, pedir el aguinaldo era cosa de críos.

De pronto, alguien le golpeó por la espalda. Un chiquillo se escapó riendo. Le había atizado con un folleto de papel enroscado, que Bongo se agachó a recoger. Era un catálogo de juguetes. Tenía uno igual en casa, los repartían a la salida de la escuela. «¿Qué quieres por Navidad, cariño?», le había preguntado mamá cuando le vio hojearlo. Entonces, no supo qué responder. Por primera vez no estaba seguro de lo que quería, o si de verdad necesitaba que le regalasen algo. Madera, trapo, plástico, metal. Los juguetes eran solo juguetes. Cosas. No recordaba cómo había sucedido ni cuándo habían perdido la magia. Se escuchó a sí mismo diciendo que deseaba la paz mundial, el fin de las guerras, que nadie pasara hambre…; pero aquellas palabras extrañas, tan inéditas para él, se le atascaron en la garganta y quedaron en una mera ocurrencia.

Aburrido de dar vueltas, se había sentado a esperar la comida. La sombra de Marquitos, el chico especial, se proyectó sobre el papel rosa y arrugado del apartado de juguetes para niñas. Estaba tan abstraído que no le oyó llegar. Ambos tenían doce años e iban al mismo colegio, aunque Marcos recibía clases de apoyo casi todo el tiempo y solo coincidían durante el recreo; habían jugado juntos en alguna ocasión. Se sentó a su lado y le miró a través del cristal de los anteojos, las lentes aumentaban sus ojos menudos hasta hacerlos parecer enormes. Bongo sabía que detrás de aquella expresión insondable e inofensiva, se escondía una personalidad bastante perversa. Para él, que Marquitos no andaba bien de la cabeza. Le estaba contando no sé qué sobre unos petardos, cuando el comedor entero enmudeció.

En seguida comenzó a sonar una melodía navideña a gran volumen, mientras una decena de camareros, con bandejas a dos manos, desfilaba delante de ellos colocando la pizza sobre las mesas. La gente, que aplaudía a rabiar, empezó a tomar asiento. Bongo estiró el cuello y trató de localizar al empleado que había conocido en el aseo. Lo habría seguido intentando de no haber aparecido por la puerta el mismísimo toro blanco, bizco por las rodajas de pepperoni.

El muñecote aguardó a que se hiciera silencio.

—Amigos —dijo una voz, desde el interior del disfraz, que Bongo reconoció—, me han chivado que hoy come con nosotros un coro de pastorcitos llegados de Belén. Nos gustaría preguntarles si podrían deleitarnos con uno d’esos villancicos suyos.

La idea puso patas arriba el restaurante y entusiasmó al público. Don Genaro, el profesor, organizó el grupo de espaldas al abeto, formando las hileras de voces. Bongo, en la primera fila, sintió cómo un escalofrío le recorría el cuerpo cuando uno de los empleados sacó la cámara fotográfica: el momento quedaría inmortalizado, y su dignidad destruida por las burlas, al día siguiente, si los gemelos y demás compañeros se enterasen de aquello. El niñito de mamá, le dirían.

El fotógrafo se colocó delante, cual pelotón de fusilamiento.

—¡Digan pi-zza!

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! El estruendo de los petardos asustó a todos; Marquitos la había liado. Justo a tiempo.

Aprovecharon el desorden para correr hacia la salida.

En el exterior, Bongo y su primo, que llegó detrás, se detuvieron unos instantes. Echó un último vistazo a través de la puerta, empañada por el hálito del invierno. Sintió nostalgia, como si al abandonar aquel sitio estuviera renunciando a una parte importante de lo que había sido, de su niñez.

Entonces no lo pensó, agarró al mocoso y tiró de él.

—Nos vamos.

Los primos caminaron de la mano hasta la casa, inquieto Bongo, preocupado por si el espíritu de la Navidad los estuviera siguiendo para tentarle con guirnaldas de colores.

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