FICCIÓNMiscelánea

El resto de la eternidad

13 febrero, 2019 — 0

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FICCIÓNMiscelánea

El resto de la eternidad

13 febrero, 2019 — 0

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Al despertar, sintió que sucedía algo extraño. No es que se notase mucho peor que otros días de resaca. Su aliento despedía el pestazo habitual a alcohol, tenía el estómago revuelto y en su cabeza martilleaban varios enanos a la vez empeñados en reventarle las sienes. Observó su cara con minuciosidad en el espejo del baño: ojos hundidos y piel apagada; mucho más de lo habitual.

Vomitó, se sentó unos minutos en el váter e intentó recordar lo ocurrido la noche anterior. Había llegado al restaurante veinte minutos antes de la hora de la cena con el traje más caro que tenía y su corbata de la suerte. Se pidió un Dry Martini y esperó en la barra a que llegasen el resto de los compañeros. Se había bebido ya otros dos Martinis y un par de Pilsen cuando terminaron de llegar los últimos. Después, todos se dirigieron hasta la mesa del moderno comedor que había sido decorado con buen criterio con los colores corporativos de la empresa: naranja y negro. La cúpula delante, abriendo paso, y los empleados detrás, cerrando filas.

Ernesto, el subdirector general y su señora, Loly, se sentaron enfrente y tras intercambiar algunas frases acerca del vino, un tinto añejo, la mujer ya le guiñaba un ojo al tiempo que le rozaba la entrepierna con el pie. Loly le parecía vulgar. Se reía como una foca y se asemejaba a una. No hablaba: cotorreaba y era una pesada de manual. Llevaba años obsesionada con él.

Más tarde, entre el primer y el segundo plato, ambos saborearon el postre en el servicio de caballeros. Se prometió, como siempre, que aquella sería la última vez. Mientras, su marido se tragaba el entrecot con patatas panaderas con el afán desmedido que hubiese necesitado para satisfacer a la parienta durante el matrimonio.  

A partir de ahí, ya no sabía con certeza qué era lo siguiente que había ocurrido. Su memoria, repleta de lagunas, solo traía a su cabeza algunos retazos de momentos que iban y venían entre arcadas y vómitos interminables. Agotado de tanto esfuerzo, se quedó dormido abrazado a la taza del váter con un cariño inusual.

El sonido del móvil lo devolvió al presente; al baño alicatado de baldosas blancas con una cenefa dorada. Se arrastró hasta la habitación. Tardó un rato en localizarlo. Estaba en una esquina, debajo de la silla dónde reposaba el traje hecho un gurruño. En sus sienes los enanos seguían golpeando con empeño mejorado. El teléfono continuaba sonando y su mano, al intentar cogerlo, solo pudo traspasarlo.

Repitió el mismo gesto varias veces y en contra de cualquier lógica, advirtió que no importaba cuántas veces intentara agarrarlo: su mano era incapaz de hacerlo. Tanto con la derecha como con la izquierda. Tampoco podía pisotearlo, patearlo, lanzarlo. Le pareció un hecho insólito, pero… ¡así era!

Observó que sobre la cama reposaba un cuerpo. Horrorizado, se reconoció a sí mismo tumbado sobre el colchón. Los ojos abiertos y un hilo de sangre que resbalaba desde la nariz hasta la boca entreabierta.

Se asomó al espejo del baño y se miró con cierta cautela. Allí estaba, ese era su cuerpo, pero sorprendentemente sobre la cama también estaba él. ¿Cómo era posible? Salió a la calle despavorido; no solo por ver su propio cadáver sino porque, además, había traspasado la puerta sin ni siquiera abrirla.

Le costaba creer lo que estaba sucediendo. Caminó por los alrededores sin una dirección determinada. Se cruzó con varias personas y se puso a hacer aspavientos pero nadie le veía.

De pronto, escuchó una voz que se dirigía hacia él:

–¡Ey, amigo! ¿Adónde te crees que vas?

Un hombre lo miraba desafiante sentado al otro lado de la acera.

–¿Puedes verme? –preguntó boquiabierto.

–¡Claro que te veo!

—Perdona…

—Eres alto, llevas el pelo muy corto y tienes cara de idiota.

—¿Qué te pasó a ti? –Ignoró el comentario.

–Un conductor a demasiada velocidad, un semáforo en rojo y ¡pum!, el negrito pasó a mejor vida. –Se rió con fuerza–. ¿Estás desorientado? ¿Quieres que te ayude?

Se levantó y se dirigió hacia él. Aquel tipo no le gustaba. Comenzó a andar más deprisa y continuó calle abajo.

—¡Pero no te vayas¡ ¡Ven aquí, hombre! ¡Hablemos! –Escuchó cómo le gritaba.

Apuró más el paso y al doblar una esquina se dio de bruces con Loly.

—¡Cariño, por fin te encuentro! ¡Ay, amor! —Lo abrazó hasta casi asfixiarle—¡Qué destino tan cruel el nuestro!

—Loly, ¿qué haces tú aquí?

—Escúchame. Mi marido sospechaba sobre lo nuestro y cuando me preguntó no pude negárselo. ¡Perdóname! —Unió sus manos a modo de súplica.

—No entiendo…

—¿Qué no entiendes? ¿Estás tonto? ¡Nos mató a los dos! A mí me estranguló con un carísimo pañuelo de Prada y, después, fue a tu casa para asesinarte.

—Entonces…  Me estás diciendo que…

—Ay, Dios mío, es que no te enteras, cariñito. ¡Pues que ambos estamos muertos y unidos por el destino y la fatalidad!

Quería huir lejos; deseaba echar a correr y no mirar atrás. Ser el muerto sobre el colchón con la boca rígida y los ojos en blanco.

—Miremos el lado positivo de esto, mi amor. Estaremos juntos para siempre, durante el resto de la eternidad. ¡Te amo tanto!

Y volvió a rodearlo, envolviendo el cuerpo del hombre con sus brazos recios hasta casi hacerlo desaparecer bajo kilos de pasión arrebatada.

M.

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