FICCIÓNMiscelánea

El ciclo sin fin

31 octubre, 2020 — 0

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FICCIÓNMiscelánea

El ciclo sin fin

31 octubre, 2020 — 0

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Le gustaría tener algo más que la compañía de esta soledad de mar en noche de huracán. Entre susurros se lo comenta a su almohada que la escucha y no responde, no comprende, sigue siendo nada.


Ven a comer, le dicen. No pensaba comer. Hemos cocinado para ti, agregan. Las lágrimas se acumulan y ahoga un sollozo. Se levanta y va hacia la mesa, agarra los cubiertos y come con agradecimiento, pero sin ganas. Sus labios articulan un “gracias” y regresa a su lugar.

El teléfono suena. No quiere responder. Es ella. Debe.

Termina la llamada y se le escapa una lágrima silenciosa. ¿Qué te pasa?, le preguntan. Se encoje de hombros, mira a la nada y llora.

La miran, todos los ojos brillan de curiosidad, pero guardan silencio. Se escucha un toque en la puerta y él entra antes de que haya secado su última lágrima. Le sorprende y le asusta verla llorar. ¿Estas llorando por mi culpa?, le pregunta en susurros al acercarse. El mundo no gira a tu alrededor, quiere responder, en cambio niega y dice: No es nada.

La arrastran hasta el baño para darle una ducha y una de ellas le ofrece su jabón de manzanilla, dice que es bueno para la piel. No, gracias, le responde mientras la invade una ola de calidez.

La llena una soledad de amanecer tras una noche larga y mientras se ducha, desea poder olvidarlo todo, aunque sepa que no es esa la solución a los problemas; aunque sepa que solo será posponer el momento en que le harán sufrir cuando ella decida volver a recordárselo.

Como ahora.

El ciclo sin fin se vuelve a repetir y vuelve a decirse que no es su vida, que tiene que dejarlo pasar, que no es nadie, que no puede hacer nada, y quiere volver a llorar. Llora porque quiere que la entienda, quiere que sepa que su vida también es la suya y que si sufre también le duele, quiere que deje de arrinconarse en su zona de confort y luche.

—Tienes que ser valiente, no puedes vivir así toda la vida, es que esto no es vida. Vivir sabiendo que cualquier día te puede matar. Y no solo a ti, también a tu hija. Piensa en ella. —Le dan vueltas a lo mismo, ellas, sentadas en la cama.

—¡Es porque pienso en ella! Hablas así porque no eres madre y no tienes que pensar en qué darle de comer a tu hijo, o con qué vestirlo. No sabes lo que puede causar el divorcio de los padres a esta edad. Tú no me comprendes y no te puedes poner en mi lugar, así que no hables.

—Es eso, ¿verdad? Lo que te preocupa es que ya no tendrás el dinero que él te va a dar. No me vengas con justificaciones, que no tendrás para darle de comer o vestirla, porque sabes que ninguno de nosotros te va a abandonar, somos tu familia y siempre estaremos aquí para apoyarlas en todo. Sí, no va a ser sencillo, ya no podrás darte el gusto de malgastar, pero ninguna morirá de hambre o de necesidades. Y no tener esa holgura económica es preferible al trauma que le puede causar el vivir con un padre así. Precisamente porque es pequeña y no entiende nada aún es que deberías alejarte y cortar con todo ya.

—¿Pero y quién eres tú para venir a meterte en mi vida?

—Tu familia, todos lo somos. No te das cuenta de que tu vida forma parte de nuestra vida y de que nos traes también todo el sufrimiento porque las queremos y queremos lo mejor para las dos.

—Pues deja mi vida y concéntrate en la tuya.

—Mi vida no tiene nada y la tuya es un desastre, pero dejaré de molestarme en cuanto vuelva a la residencia.

—Entonces búscate un yuma, a ver si dejas de molestarte mientras estás en mi casa.

—¡Ahí esta! Lo tuyo es la relación hombre-dinero, y por eso te buscaste un yuma que te pega.

—Ay, chica, tú lo que eres una aburrida. No te diviertes, no sales, no singas.

—Esa es la vida que te gusta a ti —enfatiza y se declara vencida. Tiene razón, es su vida y no puede hacer nada, hablar no sirve si la otra persona no escucha.

—Sal de tu burbuja y búscate un novio. Mira que te lo estoy diciendo, y el diablo sabe más por viejo que por diablo, como dijo Einstein —afirma ella muy orgullosa.

—¿Einstein, en serio?

—Sí.

—¡No! ¡Claro que no! Einstein era físico y eso es un refrán.

—¿Y quién lo dijo?

—¡Qué se yo!, pero te aseguro que Einstein no. ¡Nunca vayas a decir una barbaridad como esa en público!

Einstein. Lo recuerda y comienza a reírse a carcajadas. La conversación siguió el mismo rumbo, pero con los dardos, los malos consejos y todas las expresiones ridículas de ella terminó riéndose tanto que llegó a olvidar todo y hasta a agradecerle a los problemas el darles la oportunidad tan preciada de pasar tiempo juntas. Se siente tan cálido su interior ahora, que las lágrimas se evaporan, el agua de la ducha se seca y vuelve al presente de golpe para presenciar el momento justo en que las nubes se mueven y llega a su cuerpo la luz plateada de la luna a través de la ventana.

Ahora la llena una soledad de hogar en noche lluviosa y se siente bien, aunque sepa que estará eternamente sola.

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