FICCIÓNMiscelánea

Despedida

28 enero, 2019 — 0

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FICCIÓNMiscelánea

Despedida

28 enero, 2019 — 0

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Al cumplirse varias semanas del enterramiento, se acercó de nuevo hasta el cementerio. Sintió una punzada de desconsuelo en el pecho al llegar hasta la tumba. Observó que las flores marchitas de las coronas, amontonadas sobre la cruz de mármol, también parecían llorar la tristeza de la pérdida. «Debo tirarlas y traer otras frescas». Leyó, despacio y en voz alta, las letras de bronce modelo alto relieve, que descansaban sobre la lápida y pronunció su nombre completo con emoción contenida:

MANUELA PAZOS FERNÁNDEZ

 ✞ 30-02-2018 a los 75 años 
D.E.P

Con el puño de la camisa se secó los ojos apuntalados por incontables telarañas de arrugas. Se subió los pantalones, en un aniñado ademán de rebeldía para intentar escapar a la vejez, y se sentó con delicadeza, en una de las esquinas de la sepultura. Miró la foto que le sonreía desde la lápida tras un gesto tranquilo. Manuela, su Manuela; buena esposa y madre esmerada: la mujer con la que había compartido la plenitud de su vida. Y ahora, los separaba una capa de tierra húmeda. Escarbó en ella con un palo durante un rato hasta que este acabó por partirse.

Suspiró sin reprimir la tristeza que le invadía el cuerpo, al igual que la carcoma ataca a los muebles viejos. Se sentía cansado, decrépito y achacoso, pero sobre todo se sentía abandonado: aquella sensación se le hacía insoportable. Manuela se había ido y solo deseaba que el Señor lo llamase pronto ante su presencia; estaba preparado.

Escuchó el sonido de su teléfono móvil pero no respondió, se limitó a mirar quién le llamaba: era Paco. Miró el reloj; las ocho y cuarto. Se había olvidado de ir a la partida. Cuando Manuela enfermó le prometió que continuaría con la normalidad de su día a día. Que seguiría siendo el hombre risueño y bromista con sus amigos. Que disfrutaría de la familia y que celebrarían todos juntos el noveno cumpleaños de su nieto, Roi, felices a pesar de la ausencia.

Pensativo, arrancó unas cuantas margaritas que bordeaban la tumba y se llevó los tallos a la boca. Después, comenzó a deshojarlas en un gesto de nostalgia inútil, evocando aquellas primeras citas cuando ambos se miraban embobados casi sin pestañear y no paraban de sonreír.

Dejó las flores en el suelo y sacudió las manos. Se despidió con una última mirada a la imagen amable de su esposa que parecía decirle hasta pronto. Y, sin más, dirigió el caminar, pesaroso y fatigado, hacia casa. Lo recibió una de sus hijas con un cuchillo en ristre y un delantal plagado de volantes, preparada para cortar las verduras y asar a algún pollo desdichado.

—¿Qué tal, padre? —Lo miró por encima de las gafas de pasta negra, con un ademán curioso—. ¿Cómo estaba aquello?

Entraron en la cocina. Olía a comida y hacía calor. El anciano se sentó cerca de la puerta.

—Bueno, hay que tirar las coronas y limpiar un poco, o los hierbajos crecerán tanto que acabarán por tapar la sepultura.

—Usted, ¿cómo se encuentra? —La mujer continuó cortando las hortalizas para la sopa.

—¡Ah! Y llevaré flores la próxima vez, crisantemos, que le gustaban mucho.

—Cierto… —dijo—. ¿Seguro que va todo bien?

—No os preocupéis por mí. Se lo prometí a tu madre, ¿recuerdas? Ella me decía siempre lo que tenía que hacer. ¡Si es que era muy mandona!

La mujer pegó un respingo y se volvió hacia él.

—Es broma, hija mía —dijo—. Voy a la habitación a mudarme.

—Usted siempre con sus tonterías —suspiró aliviada—. ¿Va a tomar primero y segundo? 

—La sopa será más que suficiente. Enseguida vuelvo.

En la soledad del cuarto, un par de lágrimas se deslizaron por sus mejillas. Y otras dos. Y dos más hasta que se rompió en un llanto desconsolado durante varios minutos. Al terminar, se secó la nariz con un pañuelo arrugado que encontró en el bolsillo izquierdo de la chaqueta. También encontró un papel. No sabía qué era ni por qué estaba entre su ropa. Se puso las gafas y lo desdobló con cierta torpeza. Reconoció la letra infantil. Mientras lo leía, una sonrisa se dibujó en su cara.

Van a estar en el cuento

  • la vecina de las zapatillas de cabeza de obeja
  • la mamá de julia que siempre hace unos bocatas raros pero ricos
  • la cartera de brazos largos que le llegan al suelo
  • el señor que canta en la ducha y hace ruidos con la boca 
  • la profesora que aunque no tiene pelo es bonita
  • los dibujos en el cuerpo del papá de Damián
  • la tita Monchita que se duerme y respira fuerte en el sillón

Rompió a reír. Roi quería ser escritor; le compraría un cuaderno, uno grande y colorido para que dejase de usar trozos gastados de papel para sus apuntes y escribiese sus cuentos en él. Podrían escribirlos juntos.

Guardó la lista en uno de los primeros cajones de la cómoda, debajo de la agenda telefónica. Se quitó la ropa y la dobló con pulcritud, colocando sin prisas cada prenda en su lugar. Las de su mujer todavía permanecían en su espacio habitual. «Habrá que reordenar el armario», pensó.

Y cientos de historias llenaron su mente anciana.

M.

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