¿Quiénes somos?

R. P. García

Afirman los expertos, que lo primero (y a veces lo único y al mismo tiempo lo último, como en la paradoja del gato de Schrödinger) que leen las visitas a un blog es el apartado donde el autor desmenuza su brillante trayectoria literaria y se ofrece, a ti, lector, en alma y obra.

Se trata de venderse en pocas líneas.

«Veintitantos (si continúas leyendo descubrirás si estoy hablando de la edad…). Soltero, apartamento propio, discreto, discretísimo…».

Déjame empezar de nuevo.

Veintitantos. He vivido en diferentes lugares sin sentirme parte de ninguno. Prefiero alimentarme de sueños antes que de recuerdos, mirar hacia delante, cargar con lo imprescindible y olvidar lo que me estorba. Añoro una época que jamás existió y que un día inventé. La melancolía es mi zona de confort, suelo pasar largas temporadas enredado a ese lado del eclipse. Borrando los días, los minutos y las horas. Sangrando tiempo.

Intenté quitarme. Lo intento.

No gané concursos literarios durante el instituto, ni llevo toda la vida escribiendo, tampoco tengo un talento especial. Me gustan las historias de todo tipo, contarlas y que, de cuando en cuando, me las cuenten. Creo que los zapatos usados de la ficción me sientan bien. Y he comenzado a caminar con ellos.

Mis personajes, como yo, como cualquiera, se muestran contradictorios bajo un cielo de cuyas estrellas no terminan de fiarse. Huyen de las etiquetas, se yerguen y rebelan contra estereotipos que les condenan al anonimato. Se sienten especiales hasta que cae el telón y, entonces, demuestran ser humanos, nada más. Seres de carne y hueso —o cualquier otro material capaz de albergar humanidad— que utilizan los mismos eslóganes que odian para etiquetar su colección personal de defectos y ocultarla en el fondo de un cajón. O un desván. O cualquier otro lugar oscuro y alejado de la vista para dejar de sentir vergüenza.

Me gusta emocionarme en silencio.

La música fue una parte importante de mi vida, la lectura lo sigue siendo. Rescaté el dibujo y la escritura. La curiosidad infinita me lleva a hacer esto y lo otro. Me considero creativo, disfruto cuando puedo expresarme en el formato que sea.

Libre.

El día que me perdí en el supermercado descubrí que no necesitaba más de lo que encuentro en mi interior. Decidí bajarme del tren y rompí cuanto reloj encontré a mi alrededor. Ahora camino a pie, sin hora, con la certeza de que el mejor momento para sonreír lo elijo yo.

Lo que ves en el blog lo imaginé para ti.

Espero que te diviertas, de veras, de Buena Ficción. 😉

Alma Riot

Llegué una tarde de verano con el sol de agosto y la alegría de los niños que jugaban en la playa. Quizás por eso siempre busco el calor a pesar de vivir en la tierra de la lluvia, del cielo encapotado y de la morriña. 

Aprendí a leer casi por arte de magia y a escribir en los cuadernillos Rubio con letra perfecta y sin salirme del renglón: mi mamá me mima y tómate mi tomate. Soy zurda pero me esforcé en utilizar ambas manos para recortar un monigote de papel y clavárselo en la espalda a la soledad. 

Descubrí los colores y los lienzos para expresarse. Empecé por las paredes y continué amando el Arte, el dibujo y la pintura hasta el día de hoy. Apenas crecí, ni a lo alto ni a lo ancho, pero me llené de esa materia extraña que se encuentra en los libros que no es ni sólida, ni líquida, ni gaseosa pero que fluye y también alimenta.

Decidí seguir el rastro de mi hermana hasta la biblioteca y en las estanterías descubrí que me esperaban ordenados y expectantes: Enid Blyton, Roald Dahl, Escobar, Goscinny, Hergé, Ibáñez, Jack London, Julio Verne… Todos ellos. Así comenzó mi verdadera aventura lectora. Y ahí me quedé largas horas durante años felices, devorando historias mientras creía que en la vida, como en los cuentos, se puede vivir de la fantasía.

Avancé en mi camino con pasos indecisos y me golpeé cientos de veces contra el cristal. Escribí poesías que se desdibujaron en el tiempo a base de borrón y cuenta nueva, pero que todavía custodio en algún rincón oculto de mi interior. Me equivoqué y volví a equivocarme. Y casi nada ocurrió según lo acordado con el destino. Así que permanezco al otro lado del espejo, resguardada de los monstruos en mi mundo de alma felina y enroscada al abrigo de una estufa que no queme; intentando cazar mariposas.

Aunque no crea en finales felices ni en sonrisas eternas (tampoco en vidas sin sobresaltos), algunos días ronroneo con la placidez de las pequeñas cosas. Esas que descubro con ojos preguntones, aún con la capacidad de asombro intacta, sin dejar de parpadear. 

Por eso me gustaría compartir contigo las líneas de los relatos que escribo. Para que disfrutes de un té de letras acompañado con un bizcocho de Buena Ficción.

Hecho con estas manitas.

Bienvenido/a